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Llevo ocho meses que dejé mi casa en Barcelona. Fue todo inesperado, impulsivo y fugaz.  Salí con mis dos maletas de vacaciones y volví dos meses después a empacar en una corta semana mi vida en tres maletas. Me despedí, lloré y me fui. Pasé una temporada allá en el Paraiso Tropical. Allá donde el tiempo no pasa y el silencio te la permiso de pensar en voz alta.

Y regresé, a mi casa de siempre, a mi jardín amarillo y a la rutina que había olvidado. He pasado todos estos meses retomando lo que dejé, adaptandome de nuevo a un lugar al que ahora menos pertenezco.

Buscando de nuevo un trabajo, una escuela para Kiki, un perro y unas flores para mi jardín se me han pasado todos estos días, uno tras otro sin tiempo ni siquiera para extrañar. Sin tiempo para sentarme a leer a Kerouac de nuevo, sin tiempo para escribir, ni escuchar música, ni caminar. Sin tiempo para ser yo.

“I dreamed a thousand new paths. I woke and walked my old one.”

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