Lo perdono.

Cuando era niña, yo era toda feliz. No recuerdo, haber tenido algún problema o situación dolorosa de ningun tipo  (salvo algunos regaños de mamá y una que otra cachetada guajolotera), pero en general todo fluía como debe ser.

Me gustaba mucho estudiar e ir a la escuela. Yo era de la ñoñas que antes de dormir colocaba sobre mi cama mi unforme plan-cha-di-to y mis zapatitos negros boleaditos listos para usar. Cuidaba mis cuadernos, y tenía la lerta mas-bonita-del-salón. Me gustaba muchísimo leer y no me llamaba mucho la atención salir a hacer tavesurillas (salvo con el sonsacador de mi hermano), al cual por cierto, yo le hacía sus tareas.

Bueno, al grano. Todo iba perfectirijillo. Hasta que conocí al  Tío Ricardo. La nueva adquisición de mi tía favorita. Fue todo un escándalo. Mi tía, veinteañera rebozante se casaba con un viudo de sesentaytantos. Adquiriendo no sólo un marido casi septuagenario, sino nueve hijastros (unos cuantos mayores que ella), así como el desprecio de la sociedad sateluca y del gremio de abogados de los cuales su maridito era todo un personaje.

A mi todo eso no me importaba; salvo que yo, así chiquita, ñoña y feliz me gané a una de las peores personas que he conocido. El monstruo aquel jamás mostró sonrisa ni amabilidad para mi. Ese vejestorio descargó sus traumas conmigo. Me llamaba gorda, me decía que no era inteligente, que mi letra era fea, que no sabía nada. Pasaba largas horas hablandome de la Revolución y de ex-presidentes que yo ni conocía con tal de hacerme  ¨culta¨.

Para mi, solo eran malos ratos. El simple hecho de verlo hacía que se me revolviera el estómago, hasta ese día… Ese día en el que yo, dormida en su casa escuche gritos. Salí corriendo al cuarto de mi tía adorada y por una mirilla pude verlo a él, ese monstruo, golpeando a mi hermosísima tía favorita.

Nunca jamás quise ir a su casa, nunca jamás lo salude de beso, nunca jamás le conté a nadie lo que había visto.

Por algunos muchos años me creí todo eso que me dijo. Me veía en el espejo y no entendía a mis diez años por qué alguien podría pensar que yo era gorda. Por qué alguien le negaría a una niña comer un chocolate o un dulce diciendole que estaba asquerosamente obesa cuando no era verdad.

Pasé muchos años de mi vida haciendo dieta, y dejandola de hacer. Subiendo y bajando de peso. Todo esto gracias a los comentarios de alguien que ni siquiera me estimaba tantito. ¿Por qué influyeron tanto las palabras de ese zoquete en mi vida? ¿Por qué no me dejó seguir siendo esa niña ñoña-feliz? Bueno, no lo sé, ni me importa.

Solo sé que me tomó varios años darme cuenta de todo esto que les cuento. Ahora, a mis veintitantos estoy a punto de volverme otra vez esa niña estudiosa, amante de las letras y del conocimiento y feliz. Estoy a punto de embarcarme en un viaje que sé que cambiará mi vida. Dejaré mi lugar de confort para irme a la aventura de vivir en una de las ciudades mas hermosas del mundo. Me voy feliz conmigo misma, feliz con mi peso, con mi aspecto, con mis años encima.

Dejaré a ese hombre, hoy moribundo, acá en el nuevo continente. Desahusiado, solo e infeliz.

Lo perdono.

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